jueves, 10 de marzo de 2016

Un hombre que escribe en la calle




La carne cubre el hueso
y dentro le ponen
un cerebro y
a veces un alma,
y las mujeres arrojan
jarrones contra las paredes
y los hombres beben
demasiado
y nadie encuentra al
otro.

Charles Bukowski

Un periodista del diario paceño LA PRENSA, lo define en una entrevista como el narrador bizarro del lúmpen paceño, aquel que ha vivido gran parte de su vida en la calle o en refugios para indigentes. El propio Víctor Hugo Viscarra se define en una frase: Nací Viejo



Otros le han puesto la etiqueta siguiente, hablan de él como el bukowski boliviano, el chinaski boliviano, ficción y realidad en uno mismo, personaje y ser humano forman un sólo pulso narrativo, una sola existencia. 

Más que nunca en este narrador se cumple la máxima sobre la que alguna vez ha reflexionado por escrito y a viva voz el escritor Juan José Millás, cuando afirma que la verdadera casa de un escritor, es la novela. Así es, en Víctor Hugo Viscarra ocurre esto mismo. Su casa, su hogar, la amabilidad de este espacio se reduce a las páginas de un libro. 

Me cuentan, su editor en Bolivia, Manuel Vargas, el fotógrafo de la cubierta de esta edición, Rodrigo, y Monki, un cineasta boliviano que sigue los pasos del Viscarra por las calles de la Paz, y que nos presenta al autor mediante ese magnífico perfil que hemos decidido incluir en la contraportada del libro (4º de cubierta como dicen los puristas), que Víctor Hugo Viscarra escribe en papelitos, con un lápiz corto, mientras apura la vida a tragos llenos, sin respiro. Papelitos escritos en las esquinas de los días, en los arrabales de la memoria, en la conciencia absoluta de saber que aquí la escritura es el pasaporte de la vida. Un pasaporte que debe ser satisfecho por los ojos diarios de las manos, del estómago, y del hígado. 

No quiero, porque no sería justo para con la obra de este autor, y por eso no hablo hasta este momento del asunto, incluir el adjetivo de maldito. El malditismo es a mi entender una fórmula desarrollada en los paises occidentales para definir determinados estados de salvajismo literario, muchos de ellos caretas de nefastas imposturas y otros tantos otros etiquetas que agilizan las cosas del marketing. En el caso de Viscarra, no hay nada de eso. 

La verdad de cada línea, la verdad de cada trozo de calle, cada rincón de tugurio, cada compañero en ese viaje sin paradas hacia el fondo de la noche es tan cruda y a la vez tan llena de humanidad que nos genera un corte profundo a la altura del pecho una vez que la lectura realiza su proceso digestivo y significante en los campamentos del alma. Por eso aquí no existen términos como “verosimilitud”, “veraz”, palabras que nos traen vientos de realidad a los espacios imaginarios de la ficción. Aquí no hay palabras tan largas. 

Aquí, las palabras verdaderas, se apuntalan en cada tramo del texto como se apuntala un clavo, o como se arma un hachazo. La verdad tiene su metodología y Víctor Hugo Viscarra no es un artesano de la verdad, todo lo contrario, él, y su narrativa, son una “pura y escalofriante verdad”. Pero no nos quedemos solamente con eso. 

En el prólogo a la edición de Borracho estaba, pero me acuerdo, en la editorial CORREVEIDILE, en Bolivia, hay un epílogo escrito por Víctor Hugo Viscarra del que cito ahora una parte:

Con cuarenta años sobre los hombros, cuesta comprender que el 4 de mayo se hubieran cumplido los treinta años de vivir como perrito abandonado, o como un monarca desterrado en un lugar donde no llegan las estrellas

En Alcoholatum & otros Drinks, un libro previo a este que ahora publicamos, aparece un relato escrito en primera persona, muy cercano ya al Borracho estaba, pero me acuerdo, en el que el narrador reparte sus bienes testamentariamente ante una cercana desaparición. Allí se habla de las personas que le han odiado y que le han hecho andar su camino como mejor ha podido, y se refiere a ellas de esta forma: 

Sólo a ellas les pertenecen los guiñapos de mi devaluado corazón, los restos que quedaron de mi compañero de caminos y amaneceres. Si ellas, que fueron, son y serán siempre para mí las criaturas más bellas que poblaron la tierra, desean guardar leve memoria del único ser que las ha adorado como a diosas, desde donde yo esté, siempre irá para ellas una oración de agradecimiento porque, con sus besos, sus mimos y sus desdenes, sus burlas y sus palabras melodiosas, lograron darme el aliento y fuerzas necesarias para que yo persista en ese camino pedregoso de pretender ser amado, sin reconocer que amar era algo que yo nunca había aprendido

“Ellas” son sus compañeros de tránsito, y somos también, de alguna manera, nosotros, los lectores de las obras de Víctor Hugo Viscarra. Hay mil, decenas de maneras de escribir, de afrontar la mayúscula palabra literatura por cualquiera de sus flancos.

Víctor Hugo Viscarra se engancha a esa diosa invisible que llamamos literatura con la fidelidad eterna e intachable con la que un perrito se une para siempre a la sombra de su amo

Víctor Hugo Viscarra, desde los espacios sombrios, duros y cortantes de los barrios más marginales de la Paz, se engancha a la vida a manos llenas tras cada palabra escrita, y lo hace desde una, yo llamaría escritura tan limpia, que yo calificaría de naturalismo viscarra. En eusquera, Viscarra, con B, se puede traducir como espalda, lomo, y también como vigor, fuerza dura. Dos acepciones que sacan las muelas de posibles otras interpretaciones que también nos sirven para entender o emprender por lo menos el camino hacia el conocimiento de la obra de este autor.

Jabo H. Pizarroso (prólogo al libro "Borracho estaba, pero me acuerdo", Victor Hugo Viscarra. Mono Azul editora, 2006)

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