jueves, 29 de abril de 2010

Alan Sillitoe



Los dos caballos de batalla de la narrativa tal y como la entendemos desde Cervantes son a mi humilde entender: la verosimilitud y la suspensión del juicio moral. Esto último con permiso de Kundera. Sin estas dos columnas, la novela naufraga y se convierte en un colador que obedeciendo al principio de Arquímedes desciende cual medusa de plomo al fondo de los mares del sentido literario.

Tomás Gutiérrez Alea, por empezar con alguien que atinó en estas cuestiones, en su Dialéctica del Espectador, decía que la dramaturgia era el arte, el oficio de inventar de acuerdo, o en desacuerdo a la verosimilitud de la realidad. La lógica como mimbre y sistema cuyo ejemplo manifiesto es la realidad del mundo real y sensitivo que al fin y al cabo es la que nos otorga el molde sobre el que crear un sistema verosímil y afín, u otro sistema desafinado pero siempre verosímil. Creíble. Y por lo tanto verdadero. La novela es la única dimensión humana donde la verdad existe. Digo desafinado por decir algo y me refiero a los sistemas que contradicen la lógica real y que en sí son otros sistemas narrativos posibles, deslocalizados de lo real, pero siempre verosímiles. Es verosímil que el dinosaurio de Monterroso todavía esté allí. Como es verosímil la mirada del capitán Ahab en la cubierta del Pequod, como lo es el despertar de Sampsa, o por poner otro ejemplo, el odio rabioso e irónico que Smith, el protagonista de La soledad del corredor de fondo siente contra el director del Borstal en el que está recluido por robar un dinero en una panadería.

La verosimilitud pelea siempre a favor de la propia obra y muchas veces lo hace en contra de las pretensiones o las querencias del autor. Ahí es donde se cuece ese asunto tan manido pero no por eso interesante de la respuesta famosa que dan muchos autores cuando les preguntan acerca de sus personajes y la respuesta siempre es la misma: ellos actúan por su cuenta, son por su cuenta. Ese actuar por su cuenta, es lo que contruye la verosimilitud. Si no hay verosimilitud el personaje es dependiente del autor. Si no hay verosimilitud aparecen los juicios morales del escritor real, el escritor que nunca nos interesa, el ser humano prejuicioso y tantas veces lleno de miserias biográficas y prejuiciadas. La verosimilitud debe ser exacta y sin estridencias. Similar al toreo, por ejemplo, al bueno. Pepe Alameda, un cronista taurino exiliado a México tras la guerra civil española, dijo a cuenta del toreo, lo que es aplicable a lo que venimos diciendo: Un paso atrás no es arte y un paso adelante es la muerte del hombre. Un paso atrás por parte del narrador no es literatura y un paso adelante es la muerte del personaje. La voz debe ser justa, debe estar anclada, pies en tierra, en el sitio exacto. Ni más ni menos. Desde ese sitio explota con naturalidad la verosimilitud y estalla con contundencia el narrar sin juicios morales.

Estas dos llaves inglesas se han utilizado prodigiosamente en muchas de las grandes obras de la literatura universal. Pero de seguro que donde un escritor más se la juega y donde más se ven las posibilidades, éxitos o fracasos de la utilización de estas dos herramientas es en el ejercicio narrativo en primera persona. El XIX omnisciente dejó paso al hombre simple y el antihéroe que cuentan y se cuentan. El dios que lo sabe todo hoy por hoy es un contrasentido narrativo.


Por eso creo que Henry Miller alguna vez dijo lo de que la literatura del futuro estaría escrita en primera persona o no estaría escrita en nada. Un narrador en primera persona es un narrador que cuenta algo desde un lugar, desde un espacio amoral. ¿Desde donde se cuenta esta historia? Desde un yo. Y el yo impregna el aire y contamina todo. Y el yo completa al otro, pero desde el yo inconsciente y verbal, el yo que ve en su totalidad al otro y que es incapaz de verse en su totalidad a sí mismo. De eso se trata. La novela en primera persona es la quintaesencia del yo contaminante y el yo creador de los otros. El yo en ebullición o en reposo, pero el yo verosímil que es incapaz de juzgarse a sí mismo y por eso, desde el yo, desde la primera persona, es desde donde mejor se puede entender lo de suspender el juicio moral, “la novela es el territorio donde se suspende el juicio moral”, que diría Kundera. Bajtín, el estructuralista ruso, lo explica de otra manera en su Estética de la creación verbal: “La contemplación estética y el acto ético no pueden ser abstraídos de la unicidad concreta del lugar dentro del ser ocupado por el sujeto de ese acto y de la contemplación artística.”

Escribir una novela, como escribió una vez mi buen amigo Ismael Filgueira, es fundar una mirada y fundir en esa mirada al otro o a los otros. El siglo XX, una de las muchas cosas que este siglo aportó a la narrativa puede que esté en las noveletas cortas que se han apoyado en esta primera persona contaminante. Cada uno tendrá su canon y sus teorías. En el mío están, entre otros, El extranjero, de Albert Camus, La soledad del corredor de Fondo, de Alan Sillitoe, Memorias del Subdesarrollo, de Edmundo Desnoes, Trenes rigurosamente vigilados, de Bohumil Hrabal, Trastorno, de Thomas Bernhard. Las primeras líneas de cada una de éstas obras son una soberana lección de literatura y un ejemplo de acampar un lugar para hablar desde ahí y desde ningún otro sitio. “Hoy ha muerto mamá. O quizá ayer. No lo sé.”; “Todos los que me querían y estuvieron jodiendo hasta el último minuto se han ido ya.”; “Este año, el año cuarenta y cinco, los alemanes ya no dominaban el espacio aéreo de nuestra ciudad."

¿A qué viene todo esto?, se preguntarán. Todo esto viene a santo de que este pasado domingo murió Alan Sillitoe y no solamente eso. Viene a santo de que murió un narrador imprescindible que utilizó como nadie estos recursos, sobre todo en La soledad del corredor de fondo, y a que hoy por hoy es casi imposible encontrar alguno de sus títulos en una librería. Para esta reseña me baso en una edición de Seix Barral de los años sesenta y la apoyo con una edición de la editorial El Tercer Nombre, del año 2007. Las dos traducidas por Baldomero Porta. Y por eso mismo, por esa tristeza al saberle ya muerto por un lado, y por esa rabia al saberle muerto en los ojos de los lectores me ha dado por reivindicarle así, de esta manera.

Sillitoe nació en Inglaterra, en la Inglaterra de entreguerras. A los 14 años empezó a trabajar y lo hizo en distintas fábricas, llegando a currelar en una fábrica de bicicletas. Su primer relato tuvo un censor implacable, su madre, que lo destruyó, al parecer lo quemó, porque contaba demasiados detalles privados. Luchó en la Segunda Guerra Mundial y convaleció de una enfermedad tras ella. Como Bernhard, aprovechó ese tiempo para leer, la enfermedad es la universidad de muchos escritores. Se casó y marchó a Mallorca. A finales de los cincuenta empezó a publicar. La soledad del corredor de fondo se publicó en inglés el año 1959. Este es su mejor libro. Puede que sea el único libro que quede de él en la historia de la literatura. En ese libro, el andamiaje verosimilutud-suspensión del juicio moral es básico. Un maleante, un hijo pobre de un barrio obrero, ladronzuelo y de una honestidad muy sui-generis se prepara para correr en el campeonato de cross que todos los años organizan los Borstal de Inglaterra. Se levanta antes que el resto y en su diario entrenamiento recuerda su vida y el robo que le llevó hasta donde está. Encajonado socialmente la única liberación que encuentra está en correr, en esa libertad de las horas tempranas donde su cuerpo suda al ritmo de sus zancadas y su mente es libre. Sabe que su vida no es ni de inicios ni de finales felices y por lo tanto el relato de esta parte de su vida tendrá un final no feliz, un final amasado durante los días de entrenamiento, planificado con gusto de hombre libre y puesto en bandeja para vengarse y reírse de una sociedad autoritaria que no sabe que hacer con los restos periféricos de la pobreza, con los que son como él, con los que no son ni caballos de carreras.

El tono es el justo, exacto. La apoyatura narrativa en el yo es total y la novela fluye con ese yo contaminante que llega desde un lugar limpio de prejuicios y por tanto activador de verdad literaria. Por eso, de seguro que un buen homenaje a Sillitoe, sería releer o leer de nuevo esta obrita. No llega a las cien páginas. Se devora. Te devora también. Aunque todo esto te suene a arqueología literaria. Que puede que sea así, quién sabe

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