domingo, 21 de marzo de 2010

Seguir de pobres como una tormenta de melancolía



Ignacio Aldecoa escribió hace ya unos años un cuento titulado así: Seguir de pobres. En él, de una manera objetiva, detallada y puntillosa, accedemos al impresionante fresco de un grupo de jornaleros que viven y se desviven entre peonada y peonada, entre el hambre y el más hambre. A mí siempre me dejó huella uno de los aforismos conclusivos de este cuento: el queso del pobre no se descorteza, se raspa, escribió el autor vitoriano.

El Instituto Nacional de Estadística ha publicado estos días una encuesta acerca de la situación de los ciudadanos españoles en la que se da cuenta de las dificultades que existen hoy por hoy en buena parte de la población para poder llegar a fin de mes. Casi un cuarenta por ciento de la población tiene dificultades. Y un 20 por ciento se puede decir que atendiendo a valores y cánones occidentales vive por debajo del umbral de la pobreza. Revisitar la palabra pobres es doloroso sobre todo si lo hacemos desde la atalaya de un país que se declara democrático. El capitalismo con su guasa y sus esencia y su regla, o periodo, lo mismo se endeuda que empobrece a un montón de gente. Es su condición. La financiación y la rentabilidad siempre tienen esa cara amarga, ese cuarto trasero en el que engorda la palabra pobreza sin que nos demos cuenta.

Hace un día, en una tasca de Coria del Río, un pescador de albures que estaba al raso y mordisqueaba un bocadillo de jamón york con la ayuda de una cerveza temprana estalló y dijo Tendremos que volver a irnos. Está claro a lo que se estaba refiriendo. Alemania. Emigración. Los pobres emigran o emigrarán y darán color al mundo con su mezcla de sangres. Los maketos y charnegos en España hoy por hoy moran lejos de sus árboles y de sus pueblos y han cultivado con tesón y trabajo la estirpe de sus sueños que puede que hoy mismo no tenga un futuro claro. No lo tiene, para que andarnos con rodeos. Delibes, que nos dejó hace bien poco, fotografío la España de la que venimos. Le hizo una foto literaria al burro, a las ratas y al chozo en el que Régula, sin hablar nos fotografía la miseria como nadie.

El burro, las patatas y las bellotas, con sus dosis de pantanos por doquier, su represión y su falta de libertad, dio paso a este país de casas sin vender, deudas astronómicas y futuro sin solución. En Andalucía, con un treinta por ciento de parados, y una economía sumergida lacerante y galopante, no acabamos de despegarnos del recuerdo del chozo. Vuelven el puchero, el tapergüere, y la tortilla de patatas con poca sustancia. Convocados como estamos a un futuro de turismo para jubilados europeos y a un campo en manos de la necesidad y el rigor castigador de los puntos de venta y de las grandes superficies monopolísticas, puede que volvamos a raspar el queso como lo hicieron nuestros abuelos.

Es curioso que en cuanto a franjas de edad se refiere, se dé el caso hoy por hoy de una semejanza bárbara entre la generación de los niños y chavales de la guerra civil y los jóvenes que hoy tienen entre 25 y 40 años. El gran tesoro, el gran encuentro de futuro y prosperidad que subyace tras la constitución, al democracia y los pactos de los setenta no es capaz de pasar del cemento a la patente. Para eso no se ha encontrado una solución. La democracia trajo libertad y pluralismo, semilleros de pensamiento para avanzar, pero lo que nos dicen las estadísticas y la realidad más cruda no es más que una sola cosa, que el sistema económico basado en turismo y ladrillo nos ha aportado tan solo un espejismo, el de la riqueza momentánea, amparado siempre bajo el paraguas de la Unión Europea. El colchón del estado del bienestar y del resguardo familiar es limitado.

El único ámbito donde podemos y se puede hacer fuerza pasa por la educación y la innovación. Pero eso no son peras para mañana. Eso son nueces para el próximo lustro. Eso requiere de un esfuerzo de titanes y de un quitarse rémoras e inercias económicas que a día de hoy es poco factible. Pese a todo y aún y todo, seguimos leyendo con sorpresa y afinidad a Aldecoa, “Las ciudades de provincias se llenan en la primavera de carteles. (…) Son los anuncios de las Cajas de Ahorro (…) Estos carteles tan alegres, tan de primavera, tan de felicidad conquistada, nada dicen a las cuadrillas de segadores que, como una tormenta de melancolía, cruzan las ciudades buscando el pan del trabajo por los caminos del país

La pobreza hoy por hoy es dignidad.

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