viernes, 12 de marzo de 2010

Murió Delibes



Allá por los ochenta, en un colegio llamado Luis Elejalde, tuvimos la primera revelación de estar cerca de un gran escritor. En las lecturas guiadas que nos proporcionaba año a año en la EGB el libro SENDA de la editorial Santillana, aparecían a deshoras y de manera azarosa fragmentos de las novelas de Delibes.

Un amigo, compañero fiel en ese territorio de la infancia, un buen día soltó en medio de la clase que conocía al escritor porque lo había visto en su pueblo. La profesora, cruel y descreída, no le dio mucha importancia a aquella incómoda declaración. No puede ser, dijo. Y Oskar, el pequeño aquel que se empeñaba en decir que conocía a Delibes, trajo a clase un libro firmado por el autor, y nos contó de Sedano, del pueblo de su abuelo donde también veraneaba Delibes. 

Finalmente la profesora tuvo que claudicar y dio por buena la historia, algo que nos acercó a todos muchísimo al autor de Las Ratas porque era el único escritor del que teníamos conciencia de su existencia real, porque Oskar, ese pequeño compañero tierno y terco que no estaba dispuesto a que la profesora descreyera de una verdad como un templo, hablaba con él en verano y nos certificaba con cada una de sus descripciones la existencia de este autor. 

Hasta ese momento los Machado, Juan Ramón Jiménez, Cela y demás, era entes, presencias invisibles e inquietantes muy alejadas de nosotros, que habían dejado escritos aquellos trozos de obras mágicas que recitábamos en las tardes de estación, siempre en otoño, o en primavera, mis recuerdos de aquellas horas no están asociados al frío ni al invierno.

Años más tarde, con más edad y más barba e incluso canas en el pelo, pocas al principio, ahora tengo más, les puse a mis abuelos maternos unas escenas de Los Santos Inocentes, la película de Mario Camus, basada en un libro de Miguel Delibes. Mi abuela se quedó petrificada. Hacia cincuenta años que no veía un chozo como aquel. Y mira que los conocía bien, porque vivió años en uno de ellos. Se echó a llorar por dentro y me agradeció aquella visión. Yo se la agradecí intimamente a Delibes. Si él no lo hubiera contado en esa novela y en otras, seguramente muchos no se creerían hoy que hubo gente humilde y pobre que vivió en este pais en condiciones miserables. Les pasaría como al pobre Oskar cuando la profesora, prefiero no recordar su nombre, no se creía que conociera a Delibes. Pocos creerían en la existencia de un pais tan atrasado y destrozado si no fuera por obras como la de Delibes. 

Determinadas concienciaciones literarias y librescas tienen unos origenes muy marcados. En mi caso están entre dos muros de contención: Las Ratas, de Miguel Delibes y Réquiem por un campesino español, de Ramón J. Sender. Todo lo que ha venido después de aquellas lecturas primerizas es causa de aquello para mal o para bien. Gracias, Delibes. Ahora descansa, nosotros te seguimos y te seguiremos leyendo.

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