miércoles, 24 de marzo de 2010

La realidad no perdona



La realidad no le perdona a la literatura su soberbia. Pelean cíclicamente para acoplarse una a la otra y en épocas como ésta se enfrentan a capa y espada. Algunos escritores gustan de adscribirse la etiqueta de refundadores de una época que mora en sus ruinas.

Edmundo Desnoes, (autor de Memorias del Subdesarrollo), habló en Sevilla hace años de esa Cuba bella en sus ruinas. Un amigo me contó allá, en el caimán, en la bella isla hermosa, que existe un principio arquitectónico, no recuerdo su definición, por el que una casa en estado casi ruinoso y a punto del derribo, sobrevive maravillosamente a la fuerza de la gravedad. Y no cae. Vuela casi sobre el suelo. Se mantiene enhiesta. Vaya con la palabra enhiesta. No se me ocurría otra. Los escritores viven anclados por ese principio, entre el estado gaseoso de la invención y la gravedad sólida de la realidad. Enhiestos y fláccidos a la vez.

Vila-Matas lo mismo mata al lector que al editor que al propio autor. Ahora lo hace con el editor en Dublinesca. Las presentaciones de sus libros están llenas de personajes curiosos que parecen fruto de una representación amañada, pero son, reales, ahí estamos Lucini y yo para certificarlo. Decía, que si no me voy por las ramas, que la realidad no le perdona a la literatura su soberbia. Y esto es como decir que la realidad no le perdona a la ficción su potestad legitimadora y absoluta, el autoritas de la invención.

Ayer, a mi hijo Mauro, Ana, mi mujer, le dijo que no tenía que tener miedo de la oscuridad, que no había que tenerle miedo a la noche, al Gaueko, a ese ser mitológico vasco que puebla todo una vez que la luna se enseñorea en el cielo, como explicó Caro Baroja. Bien. Ana le dio una solución. "En la oscuridad tu imaginación puede crear cosas. Mira, mira y las verás". Y Mauro se calmó. Porque inventó. Porque imaginó las cosas que le protegen. De nuevo la realidad vencida por la invención.

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