miércoles, 24 de marzo de 2010

A favor de la reallidad y los sansculottes


A veces, el que escribe, que normalmente es otra cosa, lo de escritor es puro folcklore, ontológicamente tiene que ser otra cosa, o haber sido, al menos, otra cosa, y seguir siendo, en parte, otra cosa, Faulkner era granjero y Delibes era cazador, inventa una invención tan poderosa, tan semejante en sus dramaturgias y tan clonada, que a la realidad no le queda más remedio que llevar esa invención a cabo.

La escritura es en ese caso un diagrama de un futuro más que posible. 1984 es el ejemplo. Metido en la cueva profunda de un presente totalmente descuartizado, el escritor, que ya digo que siempre es otra cosa, lo de ser escritor es pura farsa, le mete un acelerón de tal magnitud a la realidad, a la materia real que moldea, que la realidad del porvenir lo tiene fácil para dibujar su presente.

Para escribir hay que ser algo más que esa fachada mediática y de star system que necesita cada escritor para levantarse cada mañana y abrir el tenderete blanco de sus páginas. Lo del star system solo vale y vale mucho, para vender y no para escribir ni para leer. Normalmente la literatura necesita de otros amantes distintos a la literatura. La metaliteratura, cuando puebla las estanterías y las mesas de novedades, marca la temperatura congelada de un cambio de ciclo, el inicio de una nueva era. Se dice a sí misma, Estoy cansada de seguir porque los que me manejan solo inventan desde mí y no desde otro lugar.

A Isaac Babel, Gorki le decía que tenía que conocer al detalle como se llamaba ese árbol, aquel otro y cómo se nombraba en esa tierra a ese bicho que acababa de esconderse bajo una peña. Pero eso siempre tiene un riesgo, el riesgo de acabar convertido en escritor-diccionario, en escritor-larousse. Babel se dedicó a formarse. Se convirtió en otra cosa. Se metió en el ejército de los cosacos para luchar contra los rusos blancos. Se hizo soldado. Y luego, cuando cató la realidad de ser soldado, escribió, y escribió bien. Caballería Roja sigue ahí.
La metaliteratura corre el riesgo de convertirse en un discurso vacío. Si uno se mira al espejo durante mucho más tiempo de lo habitual, es posible que vea la nada, pero una nada vacía, innombrable, inmanejable.

Escribir es traer a la literatura las cosas que la propia literatura nunca pensó que pudiera acunar. Lo literario normalmente es lo menos estrictamente literario que uno pudiera imaginar. Y ahí de nuevo cabe todo, pero ese rigor ya no solo es imprescindible, sino, en todo caso, eficiente, ayuda.

En esta nueva era que está empezando, con el mundo patas arriba, y los jugadores de casino aliados con la mafia para construir fascismo, o sea, ceguera, y gobernar estados y mantener los privilegios y crear hambre y más hambre y expandir de nuevo analfabetismo, la literatura se tiene que llenar de nuevo de extranjeros, de hambrientos, sansculottes, de gente que no habla desde la literatura y sí desde el mundo caótico. Los escritores deberán ser siempre otra cosa para poder conocer mejor este mundo desde lo literario. Tendrán que ser siempre otra cosa para poder tener la capacidad de inventar desde un material que no sea estrictamente literario y que sí sea real. La realidad de un escritor, por lo tanto, no es real, es una farsa, una máscara, si quieren, una máscara que siempre, eso sí, oculta un rostro, dos ojos, una mirada foránea.

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