martes, 23 de marzo de 2010

¿Derribarán el mundo mejor?



Hace unos días, Iñaki Larrimbe, un artista vitoriano, organizó una excursión a Errekaleor para dejar constancia a golpe de disparo fotográfico de una última imagen antes del derribo de ese barrio vitoriano. Yo me he enterado tarde, a toro pasado como quien dice. Llevo tiempo viviendo fuera de Vitoria, y a cada poco rastreo la web en busca de noticias de la ciudad en la que nací y sobre todo del barrio donde pasé mi infancia. 

El barrio de Errekaleor no se prodiga en los medios. Por eso me sorprendió leer esta semana acerca de la marcha organizada hasta un barrio que va a desaparecer, un barrio en el que niños como yo aprendimos a observar el horizonte, a soñar con una dignidad y una manera de vivir justa y humana. Rilke, el poeta alemán, decía que la infancia es el único paraíso que existe. Puede que tuviera razón.

Hoy por hoy esa barriada, con esas casas de cemento blanco, extrañas en medio del campo y de la nada, sobre las que amenaza la expropiación, a muchos le parecen antiestéticas, feas, bochornosas, es algo más de lo que parece a primera vista. Aunque arquitectónicamente no formarán nunca parte del patrimonio estético e histórico de la ciudad alavesa, son un órgano vital desde el que nuestra ciudad se construyó.

En ese barrio hoy triste, con muchas de las casas tapiadas, con tan sólo treinta familias que se resisten a abandonar su espacio vital y su territorio doméstico, viven también los recuerdos de muchos de los inmigrantes que llegaron a Vitoria en los sesenta. Muchos lo han olvidado. Otros ni siquiera hablan de eso. No merece la pena regodearse en los tiempos de vacas flacas y de estrechez. Eran tiempos de duro trabajo y de muchas bocas que alimentar. Eran tiempos de pelea, de manifestaciones, de reivindicaciones justas. Eran tiempos de muertos también. Romualdo Barroso, uno de los chicos que asesinaron el 3 de marzo en Zaramaga, era de Errekaleor. Todavía muchos de los que vivimos allí escuchamos alguna noche como a destiempo, en esa memoria que se resiste a dejarse vencer por el olvido, el llanto de desesperación de unos padres por la cruel, absurda e injusta muerte de su hijo.

Ahí mismo, en esas casas "feas", se coció y se cocinó con tesón un futuro de mejor prosperidad para muchos que pasado el tiempo han ido abandonando el barrio. Extremeños, gallegos, castellanos, andaluces. Todos llegaron a un sitio que era "el mundo mejor". Salían de sus pueblos, de la meseta castellana llena de Régulas y señoritos, de la Extremadura donde por robar unas bellotas para matar el hambre a uno le podía aperrear la Guardia Civil en una garita infecta y miserable, de una Galicia viajera, donde el hambre da cinturonazos de castigo de manera cíclica, de cualquier campo andaluz donde todavía trabajaban los niños yunteros por un jornal de miseria. Salieron de sus casas, abandonaron sus raíces y llegaron a Errekaleor. Engordaron las plantillas de Mevosa, Michelín, Forjas, y en silencio borraron un pasado de pobreza a cuenta gotas, con el faenar callado, con el pago a plazos, con el puchero siempre vivo en la cocina y la ropa tendida en esas casas que hoy quieren derribar y en las que se da la circunstancia de que la historia de pobreza y de injusticia social se repite, donde hoy viven familias como aquellas.

Borrar el pasado cuando el pasado es doloroso genera una reflexión paradójica. Lo más seguro es que el rodillo del progreso acabe con esas casas, pero puede que si existe, y creo que existe una sensibilidad en nuestra ciudad hacia el tesoro de memoria que habita en ese lugar, se puede hacer algo para mantener vivo un recuerdo. Tarde llegó nuestra ciudad a honrar con una estatua en la Florida a uno de sus más grandes escritores: Ignacio Aldecoa. Si Errekaleor cae, digo, es un decir, los niños de Errekaleor saldremos a buscarlo en los campos donde se construyó "el mundo mejor", lo desenterraremos limpio y vivo de nuestra memoria para contar su historia a nuestros hijos y nietos y cada uno, aunque la ciudad no señale el lugar ni con una placa ni con una pobre estatua, honrará ese espacio, esa comarca física y mental con su personal y particular homenaje, con esa última fotografía antes del derribo, algo que perturba mis sueños de hoy, tanto como aquella sirena de Michelín rajaba la noche a las seis menos pocos minutos de la mañana, cuando el trabajo era sagrado, cuando una riada de hombres en busca de pan, peleaban por la vida, y caminaban insomnes desde los campos de Errekaleor hasta las fábricas de una ciudad llamada Vitoria.

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