viernes, 19 de febrero de 2010

La métrica perdida de los viajes

Nos desplazamos a cien, doscientos, mil, dos mil o más kilómetros en barco, avión, tren y principalmente en coche. En coche sobre todo lo hacemos por autopistas que uniformizan montañas, parajes y entornos de tal manera que metidos en las guaridas volantes no distinguimos muy bien el lugar que pisan nuestros neumáticos.
Antes, las carreteras secundarias eran la métrica humana de cada viaje, porque no destruían la visión del paisaje, porque sobre todo no se imponían a él. Dejaban que éste mostrara su belleza pura sin inmiscuirse en su claridad. Esas mismas carreteras dialogaban invisibles con el paisaje a medida que los automóviles las atravesaban, claro, a ochenta, como muy mucho cien kilómetros por hora. El progreso nos dio autopistas y nos regaló tiempo. Hizo que los viajes fueran mucho más rápidos pero horadó agujeros negros en las travesías, espacios en los que no sabemos muy bien por donde vamos. Ahora el paisaje lo crean las autopistas, una rima sin ritmo cromático, igualitaria y bastante chata que nos acompaña insomne cada vez que nos desplazamos por las carreteras. De vez en cuando conviene ir en tren para apropiarse de nuevo del paisaje, o en bici, si la distancia es corta. Andar para viajar sería el lujo supremo. Estos medios de transporte nos tallan de nuevo la visión humana que el coche destruye a golpe de kilómetro.

1 comentario:

  1. Qué cercano, a pesar de las nueve horas de diferencia. He caído de golpe y he devorado ltodas las letras que he podido en un día sin lluvia (qué raro) Gracias, Jabi.
    Aquí te mando un abrazo (o más) desde una ciudad que quiere serlo, que ve la nieve a diario y no la toca.

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