viernes, 26 de febrero de 2010

La casa de un escritor



Le oí decir una vez a Juan José Millás cuando daba clases de cuento y de relato en la Escuela de Letras de Madrid, que la novela es la casa de un escritor. El tugurio, digo yo, el palacio dicen otros. En otros casos es la chabola. También aquí hay diferencias

Cada cuál construye un tipo de choza a su medida. Uno de los autores que más ha explicitado este asunto sabiéndolo o desconociéndolo, que no lo sé, es William Faulkner. Joseph Blottner en la hasta hoy mejor biografía que se ha escrito sobre este novelista, repite y cuenta como cada vez que acababa una novela, Faulkner se encontraba en un estado de desfondamiento tal, en un exilio tan mayúsculo de su casa, de su hogar, que no era otro que la novela en la que había estado trabajando, que entraba sin quererlo en una fase alcohólica aguda que le llevaba a un hospital o a estar en cama resacoso durante varios días.

Se fabricaba su propio whisky y con él se recuperaba del vacío tan horrible que le provocaba el haber dejado su piel de lagarto y su cuerpo entero metido en tropecientas páginas.

Isaac Babel, en una conferencia dictada en los años treinta frente a la Federación de escritores proletarios de la URSS habló por primera vez, yo no se lo he oído decir a nadie esto nunca todavía, de la "resistencia del material". Se refería a las palabras. Las palabras como un material para un escritor, al igual que lo es el cemento para un albañil o la piedra para un escultor y su resistencia, su poca o mucha maleabilidad. Pues bien, el trabajo continuado contra y frente a la resistencia de este material que son las palabras, agota de una manera tan terrible que cada cuál, una vez finalizado el trabajo, elige una u otra vía de escape, el alcohol en Faulkner y la sensación de desasosiego constante en Pessoa, por ejemplo. 

Escribir es quitarle espacio a la muerte que llevamos dentro, es detenerse en medio del camino para hacer picadillo con el cuarto de basura que nos construye y eso a la postre produce malestar y vacíos con los que hay que aprender a vivir. No hay nada más desasosegante y fantástico a la vez que tras un tiempo de escritura y de duro trabajo sostener entre las manos el mamotreto de folios acabado como se sostendría en la mano el propio corazón, y sentir su peso en las manos y sentir el vacío por dentro, un hueco como otro cualquiera, pero hueco al fin, un agujero. Un escritor viejo sería por lo tanto como un colador. Alguien agujereado por todas partes. Alguien o algo al que le atraviesan todos los vientos de parte a parte. Alguien que está lejos, muy lejos de su casa, pero sabe volver a ella con los ojos cerrados, porque el camino lo ha hecho ya muchas veces.

Los escritores jóvenes, los de una o dos primeras novelas, todavía no tienen muy claro el camino de vuelta a casa. El desafío en ellos está en conseguir eso, tras una novela escrita, conseguir volver a la casa originaria con los ojos tapados.

2 comentarios:

  1. Ahora leyéndolo me da la sensación de estar en territorio conocido. Es verdad que el camino de vuelta es fácil e imposible a la vez.

    ResponderEliminar
  2. papá de sonyú, las tardes del paseo de Rosales están llenas de reflexiones sobre este asunto. Un abrazo.

    ResponderEliminar