sábado, 20 de febrero de 2010

Cacharros del alba



Mi bisabuelo, Restituto Hernández, al que todos conocían cariñosamente como Tío Prisco, nació alrededor de 1860, en el Siglo XIX. El 18 de Julio de ese año hubo un eclipse total de sol que se pudo ver perfectamente desde casi toda España. 

También ese año Gustavo Adolfo Bécquer, el genial poeta sevillano, comenzó a publicar sus Rimas. La esperanza de vida en España era de 29,8 años. Eso quiere decir que un hombre de 40 años ya era viejo y de alguna forma se le podía considerar privilegiado por haber llegado a tan avanzada edad. El censo institucional nos dice que en España vivían en ese momento 15.645.072 personas. Reinaba Isabel II. Haciendo un sencillo cálculo se puede afirmar que uno de cada cincuenta mil españoles aproximadamente, era de Serranillos, el pueblo del Tío Prisco.

Le llamaban Tío Prisco porque vivía en una calle del pueblo llamada el Callejón de los Apriscos. Un Aprisco es un corral hecho de piedra o de adobe, muy sencillo. Está protegido con un techo de paja donde se guardan el ganado y las ovejas. Si en un principio pudo ser Aprisco, porque vivía en ese callejón, luego se quedó con el mote de Prisco, por lo mismo. Vivía cerca de la ladera trasera del pueblo, en las calles altas que corren a trompicones paralelas a la calle principal. Vivía con Irene, su mujer, y sus hijos, en una casa grande, cuya planta se asemejaba mucho a un cuatro tumbado, una escuadra llena de recovecos. La casa era de piedra y estaba dividida en varios espacios. A la entrada estaba la cocina de verano, toda hecha de piedra. Al fondo atravesando ese cuatro ficticio, la casa de invierno, más protegida, con las habitaciones y los bazares, y también un pequeño horno donde se amasaba el pan. Pegado a la cocina de verano había un escaño grande de piedra. Sobre la planta de esa casa, con el tiempo, se han llegado a construir en el pueblo hasta tres viviendas en altura.

El Tío Prisco vendía pucheros. Iba a Sartajada, en Toledo. Compraba allí los cacharros y los vendía en Serranillos, Navalosa, Navatalgordo, y otros pueblos de la zona. La gente les llamaba “cacharros del alba”. Había de todo: botijos, cántaras, cazuelas, entrepaperos y paperos. Eran de barro y llevaban casi todos pintado un detalle ornamental, un dibujo parecido a pequeños ramitos blancos que sobre el barro relucen. Durante el año también compraba nueces o higos y los revendía, y en ocasiones se iba también a la pimentera, como muchos de sus paisanos.

Tenía un rostro curtido, esculpido por los vientos que dejaba escapar de vez en cuando el Cabezo, la montaña que corona el pueblo y que también se conoce con el nombre de Picota. Su piel lucía un moreno de sol y de nieve, y en el mirar, siempre tenía un rasgo de noches de hambre sin dormir. Tal y como perdió la A del mote de Aprisco, y fue llamado Prisco, así perdió un ojo, y se quedó tuerto.


Perdió el ojo de manera azarosa. Fue un un accidente involuntario. En el monte, una rama viva y cabrona le golpeó en la cara- Quizá, puede ser que un tropezón maldito le hiciera caer contra un tronco o una piedra, o algo afilado, lo que hizo que saltara literalmente el ojo de su cuenca. Era bueno, y su bondad a veces se veía asaltada por ánimos enérgicos de genio que se reblandecían pronto con una sonrisa suave. Cargaba los cacharros de barro en serones de esparto que arreglaba él mismo cuando se deshilachaban, cosiéndolos con una aguja que todavía su nieta Puris, mi tía, conserva.

En grandes canastas, dentro del corral, tenía Tío Prisco casi siempre su buena cantidad de higos, y castañas, y algún fruto que otro que el campo le daba y que el hambre de todos roía con rapidez. Algunos de sus nietos se acercaban con el sigilo de los ratones miedosos hasta el lugar donde sabían que estaban los higos y le cogían al abuelo algunos, siempre con miedo a ser descubiertos. Tío Prisco se hacía el despistado, pero a veces les decía...,
Ya, ya me habéis cogido algo; ¡Andai, coged lo que queráis y comerlo aquí a mi vera!”

Era un hombre que imponía gravedad y cierto respeto a los ojos de los pequeños, con ese ojo rajado y callado por el que no veía, y el otro ojo que escrutaba todo con una fuerza de piedra negra. Se quedó viudo veinte o treinta años antes de morir. Y cuando algún pequeñuelo llorisqueaba por algo, él, muy serio, y con una entereza que descompone el alma, decía:
"No se debe llorar, aunque se vea uno con las tripas colgando, porque a mi se me saltó el ojo, y nunca lloré".


Como lleva tanto tiempo muerto, ciento cincuenta años para ser exacto, lo más probable es que empiece a vivificar a mi bisabuelo en breve, no sé si en un cuento como casa, o en una novela como pequeña mansión. Ya veré.

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