jueves, 21 de enero de 2010

Un poeta salvadoreño llamado Roque Dalton

Uno de los poetas que más aprecio se llama Roque Dalton. Católico, luego comunista, siempre jodedor, valiente defensor de la ironía desde el verso, desde la atalaya de cada sinalefa y cada rima a destiempo, casi nunca al final de los poemas. Roque Dalton fue asesinado en mayo de 1975. Roberto Bolaño escribió una vez que lo mataron mientras dormía. Parece ser que sus asesinos no se atrevieron a despertarlo. No eran capaces de mirarle a los ojos al pobre muchacho al que le iban a quitar la vida. Su cuerpo nunca apareció. Su cuerpo sigue en sus versos. Los que acabaron con él tiraron el cadáver a un vertedero y todavía no ha aparecido. Este es otro capítulo más de esa historia de la infamia que se empeña en repetir su dinámica contra los poetas que comprometidos con su realidad les tocan los cojones soberanamente a los pistoleros de turno.
Según la mayoría de las investigaciones, fueron tres personas los que le mataron. Primero decidieron asesinarle y luego acabaron con él. Los tres eran compañeros de guerrilla de Roque Dalton. Le acusaban de espía de la CIA y de espía castrista. "Me acusaron de manera dialéctica y por eso me mataron" podría haber dicho Roque Dalton si no estuviera muerto. Uno de sus verdugos se llama Joaquín Villalobos que tras erigirse en despiadado asesino de un compañero de guerrilla se ha convertido con el tiempo en asesor de seguridad de distintos gobiernos latinoamericanos y en resolvedor de conflictos en papel en medios de habla hispana. Pudo ser un pecado de juventud, de inexperiencia, de sentirse acorralado en la clandestinidad, pudo ser eso y otras muchas cosas más. Pero tiene que ser complicado dormir con el sueño turbado por haber acabado con la vida de un gran poeta. Uno de los documentos más espeluznantes que he leído acerca de este asunto está publicado en un libro sobre Roque Dalton que editó en España la editorial Txalaparta. En él, un hijo de Roque Dalton entrevista a Joaquín Villalobos, uno de los verdugos de su padre. La conversación no tiene desperdicio. El hijo de Roque Dalton, sin odio, y con un rigor profesional asombroso consigue que sin decir grandes cosas, Villalobos aparezca simplemente como lo que es, un hombre que perdió su alma cuando hizo lo que hizo, o un hombre que quizá, ironías del destino, no sabe ni lo que hizo porque no es capaz de asumirlo.

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