jueves, 21 de enero de 2010

Futuro de vinilo

Durante las pasadas navidades, en plena avalancha consumista dentro de unos grandes almacenes de Sevilla, me quedé detenido en medio de la multitud. Sí, como una vaca que mira al tren en el centro de la estampida congelada. De igual forma. Sin darme cuenta de que a mitad de pasillo mi cuerpo estorbaba a unos y a otros que iban y venían entre estanterías llenas de aparatos de la más alta tecnología, minipecés y pantallas de plasma.

Lo que acaparó mi atención de primate, un tanto infantil por cierto, fueron dos estanterías en las que esperaban pacientemente a ser comprados una decena de tocadiscos. Algunos con su regusto clásico, con un diseño de época reformado y revitalizado y otros con ese destello entre setentero y ochentero tan característico, tan tocata. No era nostalgia lo que anudaba mi interés por aquella visión. Era desconcierto. Vuelven los vinilos.

La industria musical certificó su defunción hace años a manos de los cedés y apuntilló su muerte con los emepetrés. Una minoria de tiendas de discos y de consumidores seguían aferrados a los antiguos elepés, pero fueron perdiendo devoción y seguramente sus gritos de angustia se acabaron disolviendo en el deglutir de los años y la paranoia del consumo. La prueba de que había tierra más allá del mar de los sargazos fue para Colón el rastro de manglares sobre el agua de un océano hasta ese momento mudo. Los tocadiscos vueltos a fabricar son la prueba más notoria de que el vinilo vuelve para ocupar su sitio de privilegio. Quizá la música y la escucha musical sean más amigas del vinilo que de otros formatos. El vinilo es a la música lo que el libro en papel es a la literatura. Ambos formatos fueron los primeros que repartieron masivamente el alma de un músico o de un escritor a decenas de gentes.

Algunos cuentan que escuchar un disco en aquellos vibráfonos era como tener por primera vez al cantante en el salón de casa. Leer un libro en papel era y es como sentarse a conversar con un escritor y escudriñar el alma suya y la nuestra. Por ser los pioneros en regalarnos esa prodigiosa comunicación, los dos formatos, tanto el vinilo como el papel, tiene ese halo de prestigio, de leyenda y de magia. Y a su vez conocen mejor lo del fetichismo de la mercancia marxista y por eso son capaces de controlar mejor el contenido, sin desvirtuarlo, o por lo menos no nos engañan a los compradores con simulacros tecnológicamente elaborados. Es como si todavía pudiéramos tener entre las manos el primer artilugio que nos otorgó la posibilidad de hacer fuego y de iluminarnos y sobre todo de expandir conocimiento acerca del mundo y de los mundos que viven en este mundo.

Este revival del tocadiscos coincide con la vuelta de los músicos a la carretera, al concierto en vivo vía anuncio en redes sociales y a la necesidad de la antigua corporeidad, la vuelta de lo táctil y su sinestesia. Lo virtual, los ceros y los unos de los cedés, no acabó del todo con los surcos por donde traquetea una aguja que hace vibrar un altavoz. La música en este caso es una de las artes que más se ha utilizado como cobaya por la industria técnológica. Sus idas y venidas y sus explosiones de futuro y sus manifiestos cataclismáticos pueden ser un reflejo casi fiel de lo que le puede pasar a otras artes que se valen de instrumentos o de cosas nanotecnologizadas para generar el consabido proceso de comunicación que las alimenta. La literatura no escapa al proceso de cobayización. Y el ebook es el nuevo laboratorio. Almacenes sin stock. Todos los libros del mundo en tu mano. Oferta total y rentabilidad total. En el laboratorio ebook se busca ese “elemento químico”, esa piedra filosofal. Editores, lectores, libreros, autores y distribuidores volvemos a la alquimia. Se juntaron el hambre con las ganas de comer. La industria fagocitadora pide productos cuyo valor siga siendo elevado y cuyo desgaste o consumo sea cada vez más rápido y acelerado. Otro día hablamos del concepto de “producto de combustión lenta”, algo, a día de hoy,imprescindible.

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