miércoles, 14 de octubre de 2009

Anchoas. A cualquier amo y ama de casa que se precie de serlo, le resultará familiar el hecho mismo de comprar un kilito de anchoas y llevarlo a casa.
Tras un tiempo de reposo en la nevera, por la noche, al hilo de los últimos rayos, sacaremos las anchoas del frigorífico y si el pescadero de turno no aligeró la tarea, lo normal es que no,, la crisis no permite que un mileurista de la gran superficie dedique diez minutos a abrir esos pescaditos y extraerles las vísceras cuando se le saca de beneficio como mucho un veinte por ciento de seis euros a un kilo de ese manjar, tendremos que ponernos a la tarea de destripar las anchoas y abrirlas y quitarles la espina y las barbas que en el paladar se confunden a veces con otra cosa mucho más escatológica, algo que nos puede alejar de la textura blanda y jugosa de una anchoa. En Cantabria desde tiempos inmemoriales esa labor se hace a mano. Los hombres y sobre todo las mujeres llevan despellejando anchoas y limpiándolas para meterlas en latas de hojalata donde duermen en la paz del sur, en el sosiego del aceite de oliva a la espera de una boca que las deguste y así se complete el ciclo, el ciclo de la anchoa. Por esa labor artesanal y por la escasez cada vez mayor de anchoas, el mercado merca y marca un precio alto para esas latas que si no llevan angulas, a veces pareciera que sí.

Si uno tiene la suerte o la desgracia, según se mire, de ocupar un sillón de responsabilidad pública y durante cuatro años o más es el garante de los dineros que los ciudadanos otorgan voluntariamente y bajo responsabilidad cívica para la administración de la “res pública” y recibe un alijo de anchoas en paquete finamente embalado como una dádiva invisible, y en la casa abre esa lata costosa y con un poco pan y un poco vino la deglute y la cara se le sonroja de gusto, puede ser que esté cometiendo un delito. Los regalos al poder no son regalos. Son otra cosa. Pero las anchoas desaparecen en el estómago y llegan al mar, y los trajes, o los coches, siguen ahí, en un armario metidos o plantados en un garage a la espera de unas manos que guíen sus neumáticos.

Hace años, pocos, en un consulado de un país latinoamericano sito en esta ciudad, asistí durante las horas, que fueron muchas, que duró mi gestión en esa oficina, a una escena rocambolesca e ilustrativa de lo que resume en ocasiones uno de los aspectos más serviles y comunes de la condición humana. Un hombre de unos sesenta años estaba tratando de agilizar los trámites de separación con su mujer para volver a casarse con ella. Tras un primer fracaso matrimonial entendieron los dos que se habían equivocado doblemente y querían reparar su error, pero el trámite de separación, largo y tedioso, impedía una rápida y querida nueva unión. Este señor, con la mejores de sus maneras, desesperado tras sus muchas e incontables visitas al consulado, decidió aquel día vestirse de domingo y llevó dos sendas bolsas de plástico verde consigo. Tardaron un buen rato en antenderle, pero entre cita y cita de todos los que allí estábamos, consiguió darle a un adjunto las dos bolsas. Qué es, preguntó el atónito funcionario. Tomates, mira qué tomates. Y el tipo sacó los tomates de la bolsa. Tenían una pinta excelente. Así lo comprobamos todos cuando el adjunto se llevó uno de los tomates a la nariz y todos descubrimos el sabor del tomate observando la cara sonriente del individuo. Ese kilo de tomates no se si agilizó sus trámites. El hombre sacó de su huerta lo que pudo e hizo también lo que pudo. Puede que sus procesos civiles se resolvieran de manera natural, sin tomates de por medio, o puede que los tomates consiguieran imprimir velocidad a una administración lenta y en la que el anonimato de los ciudadanos impide acercarse al problema individual de cada uno para su pronta resolución.

Los regalos siempre han tenido esa condición de boomerang. Yo lo lanzo que seguro que me cae algo como contrapartida. Lanzas el boomerang y vuelve dando círculos otra cosa. Entre iguales tiene su pase. Pero los regalos hechos en términos de desigualdad, es decir, desde el súbdito-ciudadano hacia el poder tienen ese componente no llamado soborno, porque no lo es, se podría denominar “estímulo”. En el caso de las personalidades jurídicas, de las empresas, esos regalos son quizá el necesario contrapeso a la balanza del reparto de los cudales públicos para que el fiel se acerque al plato solicitante. Y también se hace desde la desigualdad. No tanto económica, hay empresas que tienen peso económico suficiente como para mirar cara a cara a los burós administrativos, sino desigualdad de hecho, desigualdad intrínseca al hecho mismo que encauza la relación entre administraciones y ciudadanos y empresas. La administración vela por el interés general y cada ciudadano y cada empresa lo hace por el suyo propio. Cada uno arrima el ascua a su anchoa. Si el Código Penal vigente tipifica el delito de cohecho, quizá habría que reflexionar sobre la pertinencia de regular jurídicamente esos regalos, yo los llamaría “estímulos dadivosos para agilizar administrativamente las cosas”. E incluso establecer ratios del estilo estímulo/persona, estímulo/empresa, mensuales, anuales o como se estableciera. Lo que aparenta normalidad en la calle y en el día a día, y en el fondo tiene ese tinte de asunto nunca verbalizado, quizá debería ser regulado por nuestro ordenamiento jurídico con mayor exactitud. Cada uno utiliza sus recursos pero hay que garantizar la igualdad en la utilización. Que uno pueda regalar tomates o pueda regalar trajes, eso depende de la potencia económica de cada cual. Puede que haya otra opción. Ética y Buen gobierno. El cargo administrativo per sé debería tener prohibido recibir regalos para que el fiel de la balanza se mueva sin “estímulos”.



No hay comentarios:

Publicar un comentario