lunes, 8 de junio de 2009

MEMORIA HISTÓRICA. Si quiero estar en el año 1936 cuento: un abuelo, y veo al mío, a los míos, y estoy en el 36.




Jorge Oteiza, el escultor vasco de las cajas metafísicas y de los vacíos del cromlech neolítico cuenta la historia por abuelos. El no habla de años. Instrumentaliza el tiempo contando por abuelos. Si quiero estar en el año 1936 cuento: un abuelo, y veo al mío, a los míos, y estoy en el 36. La dureza y complejidad de muchos años de historia se hace asi mucho más manejable. Hace un tiempo el Barómetro Joly de cuestiones sociales de interés general se hacía eco de una encuesta realizada en Andalucía. Hay muchos aspectos interesantes en las valoraciones de este estudio, uno de ellos se refiere a la brecha generacional que existe entre distintos grupos de edad sobre las opiniones que merece la recuperación de la Memoria Históirica y el proceso emprendido por Garzón contra el franquismo. Las franjas de edad que en la que más aceptación tienen estas iniciativas se sitúan en un primer caso, entre los jóvenes que tienen de 25-34 años y entre la población mayor de 55 años, la acogida a estas propuestas es bastante alta. Supongo que será mucho mayor entre los que superen los setenta y los ochenta años. Conviene resaltar un dato que nos ilustrará mejor todo este galimatías de nudos y porcentajes. Los más afines a recuperar la memoria histórica son los nietos y los abuelos, es decir, los nietos, los llamados generación x, los nacidos entre los años 70 y 80, y los abuelos, los que tenían entre 5 y 15 años (77-90 años) cuando estalló la guerra civil española e incluso los niños de la posguerra tardía, los nacidos a partir del 48 hasta el 53, hasta el año en el que la España franquista sale de su autarquía. En otras palabras, los niños de la transición y los niños y adolescentes de la guerra. Se da la circunstancia de que los porcentajes de adhesión a estas iniciativas son elevados en la franja de edad de 24 a 35 años tanto en los votantes progresistas como en los votantes conservadores. Es muy ilustrativa esta relación entre estos tres grupos que han solidificado su primera infancia durante los momentos históricos fundamentales de la historia de España del iglo XX. A este dato añado yo otro, establecido en otras encuestas de opinión leidas hace unos años. Los niños de la transición vivían en muchos casos con sus abuelos, y se puede decir que es una de las últimas generaciones que comparte techo y charlas con sus dos generaciones precedentes y sobre todo que de esa forma amarra el cordón umbilical con ese abuelo, unidad de tiempo que nos conecta con el 36. Pero ya no solo es así. Esa comunión abuelo-niño de la guerra, nieto-niño de los setenta se hace en el momento de la transición española, cuando los aires de libertad desanudan las bocas y cuando el miedo se disuelve sobre la mesa camilla por la noche mientras el abuelo, por fin, cuenta muchas cosas que vio de niño y que no contó a su hijo nunca, que por otro lado está viviendo su guerra civil fría y prudente, el cambio histórico del 78 con la constitución española. Ese binomio abuelo-nieto es en el fondo un binomio niño-niño. Los dos hablan desde el desconcierto de una infancia rota, desde la incomprensión que se instala en los ojos de un crío cuando los acontecimientos que viven los adultos le aprietan la mano diminuta con una fuerza inusitada y desconocida. La franja de edad que menos de acuerdo está con esta revisión judicial de la historia es la que nace entre los años 58 y 66-67. Y seguramente es así porque sus circunstancias fueron otras. En primer lugar porque cuando nacieron la posguerra ya se había tapiado con silencio, represión y aceptación obligada, y porque su poco recuerdo, lo poco que les contaron, fue arrasado por la educación de la escuela nacional franquista.

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