martes, 28 de abril de 2009

Un rato con hemingway

Llevaba dos días encerrado en su habitación el señor Ernesto.Y no quería ver a nadie. Supuse que estaba bebiendo, como hacía siempre que las cosas iban mal, aunque esto no se puede decir si hablamos de aquellos años, porque no había día en que no ocurriera alguna desgracia o estuviera plagado de terribles y malas noticias. En la guerra no se duerme por eso, porque cuando amanece es peor que el día anterior. Y no quería hablar con nadie. No le abría la puerta a nadie. Gente importante. Porque le visitaron escritores y políticos, un comisario político de un batallón que estaba destinado en la ciudad universitaria y creo que hasta un ministro. No me acuerdo de su nombre. Creo que era anarquista. Todos pensaban que yo, que me llevaba muy bien con El señor Hemingway de una manera u otra conseguiría ablandar su carácter y permitir que le visitara alguien más que el aguardiente o el whisky, pero fue imposible. La guerra estaba perdida y él sabía que su estancia en España se acababa y no se si estaba triste por aquella derrota, pero sí que le había trastocado un poco. Era un hombre muy, como te diría yo, no sé, un poco raro sí que era. Yo estuve mucho tiempo esperando en el pasillo. Me quedaba dormido y cuando estaba despierto, cuando el sueño me dejaba en paz por unas horas, o cuando los bombardeos dejaban de triturar las casas y de agujerear la Gran Vía, en ese momento me quedaba escuchando y oía largo rato el pulsar de las teclas de la máquina de escribir que hacía un ruido parecido al de las balas, se lo aseguro. Igualito sonaba. El coche que nos había asignado la Junta de Defensa de Madrid era un packard negro, pintarrajeado con distintos lemas de partidos políticos, unos encima de otros y ahora todos confundidos. Primero perteneció a los socialistas de la UJS, luego a los de la CNT y FAI, y por último a los comunistas que pintaron en blanco las letras de JUNTA DE DEFENSA, NO PASARÁN. Yo le conocía al señor Ernesto de antes de que él hubiera estado en la Batalla del Ebro, pero de verlo solamente en el hall del hotel, cuando me encargaba de llevar al frente a los escritores que vivían en el palacio espínola. No me preguntes los nombres que te veo. Y te digo que no me los preguntes, jovencito, porque no te voy a poder responder. Del único que me acuerdo es de uno que tenía un apellido muy sonoro y muy hermoso, Bergamín. Que por cierto, se lo dije, tiene usted un apellido que suena de maravilla. Y se sonrió, con esa cara de palo tieso y arrugado que tenía, de reseco que estaba. El señor bergamín, me regaló un libro lleno de poemas sobre los toros, que es lo que mas me gusta en el mundo, que es lo que hacía yo antes de la guerra, porque yo era banderillero y por eso mismo, me encabroné de gusto cuando me regaló ese escritor el libro. Pero el señor Ernesto no sabía nada de esto hasta que al segundo día de estar encerrado se presentó en el jol del hotel Miguelito Camarasa, el maestro con el que yo me hice hombre delante de muchos bichos de más de trescientos kilos. Qué alegría cuando lo ví allí de pie, mirando a los lados como si buscara a alguien. Maestro, ¿Cómo está usted?, deme un abrazo

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