miércoles, 29 de abril de 2009

LEYENDO A WALT WHITMAN. Hay que retocar, retrabajar el poema, una vez que ha salido de la emoción instantánea.

Leyendo a Walt Whitman, cerca del Café Comercial, Metro Bilbao, en un día esplendoroso de primavera, esas primaveras que en Madrid lucen mas que en ningún sitio, el único lugar donde "la primavera rasga al invierno". Y reconozco por eso mismo, por la luz, por esas nubes rechonchas que parecen trapos limpios puestos a secar en el aluminio inoxidable del lavabo, pienso en la poesía como algo muy sistemático. Organismo y sistema. Algo vivo. Hay que retocar, retrabajar el poema, una vez que ha salido de la emoción instantánea, y verlo desde lejos. Conseguir con la mirada fría, "el corazón frío", del poeta, que la emoción vaya equilibrada con el lenguaje: Todos somos sensibles. Nadie es sensible. Pero hay poca poesía, pocos poemas. Pocos llegan a escribir poemas. En la búsqueda y el error está el camino hasta que un día cualquiera un poema se fortalece y resiste un acoso de múltiples lecturas, hechas a deshoras. Un poema que no pierde fuerza una vez que se lee y no se deshincha. Un poema tiene calidad en el momento en el que dispone de energía que se crea cada vez que un lector acomete su lectura, energía nueva y rebosante para cada léctor, para que cada lector chupe de ella como un pájaro-cachorro. Esa energía es inacabable. Debe serlo.

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