martes, 28 de abril de 2009

El hombre del tomillo

Llegó solo, más solo que la una con un mazo de tomillo en las manos. Acercó las plantas con raíces a todas las narices de los que estaban presentes en el velatorio. Incluso le refregó al muerto en la boca y en la nariz, para ver si espabilaba, pero el muerto siguió en su sitio. A los muertos no hay quien los mueva. De Ávilla llegaron los camiones con fusilados y nadie soltó un grito. Los mataron uno a uno. Cayeron al suelo como naipes y el barrendero olvidó sus caras que es lo mejor que puede hacer un barrendero que juega con las tabas de los huesos cuando la luna le deja espacio y libertad entre sus relumbres. Volvió solo, más solo que la una, con un mazo de tomillo en las manos sin olor. El olor estaba ahora en las pituitarias de cientos de narices, buscando como meterse en la mitocondría y en la célula de algún pensamiento indispuesto para ésta y otras ocasiones.

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