Miguel Sáenz es su traductor al español, como siempre. Bernhard apareció en el mundo literario español a finales de los setenta y comienzos de los ochenta de la mano de Alfaguara y de la mano de Javier Marías y la tertulia que dirigía o dinamizaba Julio Salinas en una de las oficinas de la editorial madrileña. Un autor duro que hipnotizaba a todo aquel que metía sus zarpas dentro de las fauces del mismo. Austriaco, como Hanecke, el cineasta de La Pianista o de Fanny Games, y como Jelinek. Los creadores austriacos, no es casualidad, cuando tocan la tecla de la creación tocan la tecla también del espanto y del “terrorismo creativo”. Bernard tiene una prosa desasosegante y de martillo hidráulico. Sus frases recorridas una y otra vez por repeticiones incansables, que se despojan de si mismas para convertirse en otra cosa y dotar a lo mismo de nuevas percepciones, se alargan como meandros en una selva que llena una voz total y unívoca, hecha desde la sencillez y la simpleza de una voz humilde y seca, áspera, pero llena de ternura. Acceder a Bernard es una experiencia taumatúrgica, zombie, una experiencia que dinamita los sentidos lectores y los deja en suspenso hipnotizados, a través de los que se cuela muy de a poco la voz de un maestro que se inocula en el cerebro como una aguja, como una aguja metida en el cerebro, en un cerebro en el que entra una aguja hasta el fondo mismo del cerebro.
Miguel Sáenz es su traductor al español, como siempre. Bernhard apareció en el mundo literario español a finales de los setenta y comienzos de los ochenta de la mano de Alfaguara y de la mano de Javier Marías y la tertulia que dirigía o dinamizaba Julio Salinas en una de las oficinas de la editorial madrileña. Un autor duro que hipnotizaba a todo aquel que metía sus zarpas dentro de las fauces del mismo. Austriaco, como Hanecke, el cineasta de La Pianista o de Fanny Games, y como Jelinek. Los creadores austriacos, no es casualidad, cuando tocan la tecla de la creación tocan la tecla también del espanto y del “terrorismo creativo”. Bernard tiene una prosa desasosegante y de martillo hidráulico. Sus frases recorridas una y otra vez por repeticiones incansables, que se despojan de si mismas para convertirse en otra cosa y dotar a lo mismo de nuevas percepciones, se alargan como meandros en una selva que llena una voz total y unívoca, hecha desde la sencillez y la simpleza de una voz humilde y seca, áspera, pero llena de ternura. Acceder a Bernard es una experiencia taumatúrgica, zombie, una experiencia que dinamita los sentidos lectores y los deja en suspenso hipnotizados, a través de los que se cuela muy de a poco la voz de un maestro que se inocula en el cerebro como una aguja, como una aguja metida en el cerebro, en un cerebro en el que entra una aguja hasta el fondo mismo del cerebro.
Tras un tiempo de reposo en la nevera, por la noche, al hilo de los últimos rayos, sacaremos las anchoas del frigorífico y si el pescadero de turno no aligeró la tarea, lo normal es que no,, la crisis no permite que un mileurista de la gran superficie dedique diez minutos a abrir esos pescaditos y extraerles las vísceras cuando se le saca de beneficio como mucho un veinte por ciento de seis euros a un kilo de ese manjar, tendremos que ponernos a la tarea de destripar las anchoas y abrirlas y quitarles la espina y las barbas que en el paladar se confunden a veces con otra cosa mucho más escatológica, algo que nos puede alejar de la textura blanda y jugosa de una anchoa. En Cantabria desde tiempos inmemoriales esa labor se hace a mano. Los hombres y sobre todo las mujeres llevan despellejando anchoas y limpiándolas para meterlas en latas de hojalata donde duermen en la paz del sur, en el sosiego del aceite de oliva a la espera de una boca que las deguste y así se complete el ciclo, el ciclo de la anchoa. Por esa labor artesanal y por la escasez cada vez mayor de anchoas, el mercado merca y marca un precio alto para esas latas que si no llevan angulas, a veces pareciera que sí.
Si uno tiene la suerte o la desgracia, según se mire, de ocupar un sillón de responsabilidad pública y durante cuatro años o más es el garante de los dineros que los ciudadanos otorgan voluntariamente y bajo responsabilidad cívica para la administración de la “res pública” y recibe un alijo de anchoas en paquete finamente embalado como una dádiva invisible, y en la casa abre esa lata costosa y con un poco pan y un poco vino la deglute y la cara se le sonroja de gusto, puede ser que esté cometiendo un delito. Los regalos al poder no son regalos. Son otra cosa. Pero las anchoas desaparecen en el estómago y llegan al mar, y los trajes, o los coches, siguen ahí, en un armario metidos o plantados en un garage a la espera de unas manos que guíen sus neumáticos.
Hace años, pocos, en un consulado de un país latinoamericano sito en esta ciudad, asistí durante las horas, que fueron muchas, que duró mi gestión en esa oficina, a una escena rocambolesca e ilustrativa de lo que resume en ocasiones uno de los aspectos más serviles y comunes de la condición humana. Un hombre de unos sesenta años estaba tratando de agilizar los trámites de separación con su mujer para volver a casarse con ella. Tras un primer fracaso matrimonial entendieron los dos que se habían equivocado doblemente y querían reparar su error, pero el trámite de separación, largo y tedioso, impedía una rápida y querida nueva unión. Este señor, con la mejores de sus maneras, desesperado tras sus muchas e incontables visitas al consulado, decidió aquel día vestirse de domingo y llevó dos sendas bolsas de plástico verde consigo. Tardaron un buen rato en antenderle, pero entre cita y cita de todos los que allí estábamos, consiguió darle a un adjunto las dos bolsas. Qué es, preguntó el atónito funcionario. Tomates, mira qué tomates. Y el tipo sacó los tomates de la bolsa. Tenían una pinta excelente. Así lo comprobamos todos cuando el adjunto se llevó uno de los tomates a la nariz y todos descubrimos el sabor del tomate observando la cara sonriente del individuo. Ese kilo de tomates no se si agilizó sus trámites. El hombre sacó de su huerta lo que pudo e hizo también lo que pudo. Puede que sus procesos civiles se resolvieran de manera natural, sin tomates de por medio, o puede que los tomates consiguieran imprimir velocidad a una administración lenta y en la que el anonimato de los ciudadanos impide acercarse al problema individual de cada uno para su pronta resolución.
Los regalos siempre han tenido esa condición de boomerang. Yo lo lanzo que seguro que me cae algo como contrapartida. Lanzas el boomerang y vuelve dando círculos otra cosa. Entre iguales tiene su pase. Pero los regalos hechos en términos de desigualdad, es decir, desde el súbdito-ciudadano hacia el poder tienen ese componente no llamado soborno, porque no lo es, se podría denominar “estímulo”. En el caso de las personalidades jurídicas, de las empresas, esos regalos son quizá el necesario contrapeso a la balanza del reparto de los cudales públicos para que el fiel se acerque al plato solicitante. Y también se hace desde la desigualdad. No tanto económica, hay empresas que tienen peso económico suficiente como para mirar cara a cara a los burós administrativos, sino desigualdad de hecho, desigualdad intrínseca al hecho mismo que encauza la relación entre administraciones y ciudadanos y empresas. La administración vela por el interés general y cada ciudadano y cada empresa lo hace por el suyo propio. Cada uno arrima el ascua a su anchoa. Si el Código Penal vigente tipifica el delito de cohecho, quizá habría que reflexionar sobre la pertinencia de regular jurídicamente esos regalos, yo los llamaría “estímulos dadivosos para agilizar administrativamente las cosas”. E incluso establecer ratios del estilo estímulo/persona, estímulo/empresa, mensuales, anuales o como se estableciera. Lo que aparenta normalidad en la calle y en el día a día, y en el fondo tiene ese tinte de asunto nunca verbalizado, quizá debería ser regulado por nuestro ordenamiento jurídico con mayor exactitud. Cada uno utiliza sus recursos pero hay que garantizar la igualdad en la utilización. Que uno pueda regalar tomates o pueda regalar trajes, eso depende de la potencia económica de cada cual. Puede que haya otra opción. Ética y Buen gobierno. El cargo administrativo per sé debería tener prohibido recibir regalos para que el fiel de la balanza se mueva sin “estímulos”.
Allá por los noventa ya era traido y llevado desde el Sanatorio de Santa Águeda en Mondragón para declamar conferencias de antipsiquiatría por doquier y regurgitar intensos delirios sobre la CIA o sobre conspiraciones extravagantes contra su figura. Más de uno declinó invitaciones a charlas conjuntas o recitales de poesía con Panero ya que corría el rumor de que alguien lo Iba a matar.
Rumor difundido por él mismo. Nadie quería ser un efecto colateral muerto al lado de un poeta muerto en una mesa de un festival cualquiera. El compromiso poetico no llega a tanto.
Ya lo dijo con mayor claridad Roberto Bolaño cuando le preguntaron, “¿Ha tenido alguna vez miedo de sus fans?, “–He tenido miedo de los fans de Leopoldo María Panero, el cual, por otra parte, me parece uno de los tres mejores poetas vivos de España. En Pamplona, durante un ciclo organizado por Jesús Ferrero, Panero cerraba el ciclo y a medida que se aproximaba el día de su lectura la ciudad o el barrio donde estaba nuestro hotel se fue llenando de freaks que parecían recién escapados de un manicomio, que, por otra parte, es el mejor público al que puede aspirar cualquier poeta. El problema es que algunos no sólo parecían locos sino también asesinos y Ferrero y yo temimos que alguien, en algún momento, se levantara y dijera: yo maté a Leopoldo María Panero y después le descerrajara cuatro balazos en la cabeza al poeta, y ya de paso, uno a Ferrero y el otro a mí.”
El Sábado mataron otra vez a Leopoldo María Panero, esta vez en Sevilla. Seguramente esta efeméride pasará a la historia de la literatura. O no.
(23 FEBRERO DE 2009)
ENTRE PÁJAROS INMORTALES.Pero no había escuchado su voz, suave y un poco grave sin llegar a ser rotunda.
Pero nunca le había escuchado. Había visto su rostro constreñido siempre por un flequillo de humo que surge de un cigarro sempiterno y encendido, en medio de una cocina con las vísceras en la encimera, como me gustan a mi las cocinas. Platos y utensilios, cucharones y espumaderas colgados en medio de los azulejos y una bandeja con motivos londinenses detrás de la cabezota alborotada y de pelos rizados de Bolaño. Pero no había escuchado su voz, suave y un poco grave sin llegar a ser rotunda, un pequeño riachuelo que poco a poco va ensanchando su cauce de palabras hasta conseguir contagiar al oyente un no sé qué extraño, una sintonía débil pero que se solidifica a medida que uno le escucha. El único chileno en Blanes, Chile era yo, decía, un extranjero en cualquier lugar del mundo que en el golpe del 73 en su país, visitaba librerías solitarias donde los libreros eran fantasmas, estampaciones holográficas en medio de estanterías repletas.
MEMORIA HISTÓRICA. Si quiero estar en el año 1936 cuento: un abuelo, y veo al mío, a los míos, y estoy en el 36.

Jorge Oteiza, el escultor vasco de las cajas metafísicas y de los vacíos del cromlech neolítico cuenta la historia por abuelos. El no habla de años. Instrumentaliza el tiempo contando por abuelos. Si quiero estar en el año 1936 cuento: un abuelo, y veo al mío, a los míos, y estoy en el 36. La dureza y complejidad de muchos años de historia se hace asi mucho más manejable. Hace un tiempo el Barómetro Joly de cuestiones sociales de interés general se hacía eco de una encuesta realizada en Andalucía. Hay muchos aspectos interesantes en las valoraciones de este estudio, uno de ellos se refiere a la brecha generacional que existe entre distintos grupos de edad sobre las opiniones que merece la recuperación de la Memoria Históirica y el proceso emprendido por Garzón contra el franquismo. Las franjas de edad que en la que más aceptación tienen estas iniciativas se sitúan en un primer caso, entre los jóvenes que tienen de 25-34 años y entre la población mayor de 55 años, la acogida a estas propuestas es bastante alta. Supongo que será mucho mayor entre los que superen los setenta y los ochenta años. Conviene resaltar un dato que nos ilustrará mejor todo este galimatías de nudos y porcentajes. Los más afines a recuperar la memoria histórica son los nietos y los abuelos, es decir, los nietos, los llamados generación x, los nacidos entre los años 70 y 80, y los abuelos, los que tenían entre 5 y 15 años (77-90 años) cuando estalló la guerra civil española e incluso los niños de la posguerra tardía, los nacidos a partir del 48 hasta el 53, hasta el año en el que la España franquista sale de su autarquía. En otras palabras, los niños de la transición y los niños y adolescentes de la guerra. Se da la circunstancia de que los porcentajes de adhesión a estas iniciativas son elevados en la franja de edad de 24 a 35 años tanto en los votantes progresistas como en los votantes conservadores. Es muy ilustrativa esta relación entre estos tres grupos que han solidificado su primera infancia durante los momentos históricos fundamentales de la historia de España del iglo XX. A este dato añado yo otro, establecido en otras encuestas de opinión leidas hace unos años. Los niños de la transición vivían en muchos casos con sus abuelos, y se puede decir que es una de las últimas generaciones que comparte techo y charlas con sus dos generaciones precedentes y sobre todo que de esa forma amarra el cordón umbilical con ese abuelo, unidad de tiempo que nos conecta con el 36. Pero ya no solo es así. Esa comunión abuelo-niño de la guerra, nieto-niño de los setenta se hace en el momento de la transición española, cuando los aires de libertad desanudan las bocas y cuando el miedo se disuelve sobre la mesa camilla por la noche mientras el abuelo, por fin, cuenta muchas cosas que vio de niño y que no contó a su hijo nunca, que por otro lado está viviendo su guerra civil fría y prudente, el cambio histórico del 78 con la constitución española. Ese binomio abuelo-nieto es en el fondo un binomio niño-niño. Los dos hablan desde el desconcierto de una infancia rota, desde la incomprensión que se instala en los ojos de un crío cuando los acontecimientos que viven los adultos le aprietan la mano diminuta con una fuerza inusitada y desconocida. La franja de edad que menos de acuerdo está con esta revisión judicial de la historia es la que nace entre los años 58 y 66-67. Y seguramente es así porque sus circunstancias fueron otras. En primer lugar porque cuando nacieron la posguerra ya se había tapiado con silencio, represión y aceptación obligada, y porque su poco recuerdo, lo poco que les contaron, fue arrasado por la educación de la escuela nacional franquista.
